El Imparcial: Opinion: Isabel Sagüés: Y en otoño, Irati

 In turismo rural

Rescatamos este artículo interesante sobre Irati que nos llega gracias a la asociación de casas rurales Orreaga-Irati

El Imparcial: Opinion: Isabel Sagüés: Y en otoño, Irati: “Y en otoño, Irati

09-10-2009

Ocres, amarillos, rojos, naranjas, verdes, toda una sinfonía de colores difícil de imaginar, imposible de definir. Como si de una paleta de artista se tratara, las hojas de las gigantescas hayas adquieren colores únicos, una armonía cromática que impregna todos los sentidos. Una verdadera explosión de color. En la Selva del Irati, el otoño es un regalo, un regalo para la vista y para el olfato, un regalo envuelto en belleza melancólica y exuberante.

Los valles pirenaicos de Navarra son escenario excepcional de una naturaleza prodigiosa con sus prados, sus bosques de robles, hayas, castaños, abetos. Un paisaje suntuoso con colinas alfombradas de hierba, jugosa y de un verde intenso, donde pastan ovejas lachas y rasas, vacas y caballos. Un mundo de hermosos valles y pequeños pueblos con sus amplias y bien plantadas casas, construidas en piedra, que se levantan entre huertas, helechales y bosques. Unos valles que van dejando atrás las colinas suaves, próximas a la costa cantábrica, para ir empinándose, creciendo hacia las nubes, cuando se adentran en los Pirineos. Poco después de Roncesvalles, los montes bajos de la amable Navarra atlántica dan paso a un terreno escarpado y abrupto, a la alta montaña con cumbres que superan los 2.000 metros.

En ese escenario rodeado por montañas, flaqueada por el pico Orhi, a caballo entre los Valles de la Aezkoa y de Salazar, en la misma frontera de Francia que comparte propiedad, la Selva de Irati se extiende como un tapiz, como una mancha verde, inmensa, con sus 17.000 hectáreas en el norte de Navarra, en el Pirineo Occidental. Casi en estado virgen, es el segundo hayedo-abetal más extenso e importante de Europa. Una naturaleza hermosa, bien cuidada, bien conservada, que imprime en la retina la visión de hayas altas, esbeltas, inhiestas que suben y trepan cuarenta metros hacia el cielo. Un bosque que cruza el río Irati que le da nombre, con sus aguas bravas, cristalinas que se vuelven turquesas en el pantano de Irabia, construido entre los frondosos árboles en 1922 para producir electricidad y regular el caudal del río.

Irati es un Tesoro natural con un gran valor natural y ecológico, con una rica y variada flora y una no menos espectacular fauna. Hoy predominan las majestuosas hayas y los magníficos abetos blancos, pero antes fue el roble el señor del bosque, del que todavía quedan bellos ejemplares. Es fácil ver arces, tilos, avellanos y toda una amplia gama de arbustos como acebo enebros, endrinas, conocidas en esta tierra como arañones o pacharanes, y una gran profusión de helechos. Pese al silencio reinante, el bosque bulle de vida. Animales grandes o pequeños lo pueblan: ciervo, corzo, jabalí, gato montés, turón, comadreja y ardilla. Los osos desaparecieron en el siglo XIX y los lobos cien años después. En tan extraordinario hábitat se mueven 22 clases de aves: pinzones, reyezuelos, petirrojos, pito negro y una rapaz significativa como el buitre leonado.

Irati es una selva para todas las estaciones. En invierno un manto de nieve cubre el bosque y dibuja esculturas fantasmagóricas con las ramas desnudas de las hayas. Cuando la primavera brota, las hojas de las hayas nacen con brío, la hierba crece como un manto y, entre musgo, líquenes, helechos, se convierte en un tapiz verde, un mullido césped en el que sentarse para escuchar el murmullo del agua que tras el deshielo inunda ríos, riachuelos y regatas y suena como música celestial. En verano, la tupida masa del hayedo tamiza el sol y sombrea las sendas y hace del paseo un puro placer. Pero es el otoño el momento mágico, único, maravilloso, en que la naturaleza se impone con más intensidad. Es entonces cuando la Selva del Irati se convierte en lugar más hermoso de la península, en un concierto colorista, en un sinfín maravilloso.

Cuando llega octubre y el otoño va tomando carta de naturaleza, el bramido de los ciervos en plena berrea rompe la quietud, el silencio que envuelve este entorno único. Los paseos por Irati son un encuentro en soledad con la naturaleza, un silencio roto sólo por el discurrir de las aguas por los riachuelos, por el piar de los pájaros o el sonido huidizo de los animales y el crujir de la hierba o la hojarasca al paso de los píes que recorren los numerosos senderos, las travesías que pueblan la selva. Porque a pesar de su riqueza forestal y medioambiental, Irati es una selva libre, sin impedimentos para disfrutarla, para saborearla, para olerla.

Pese a que en el siglo XVIII comenzó la explotación forestal y minera a gran escala, la selva del Irati, selva que no bosque por ser un hábitat húmedo y lluvioso, se conserva intacta. Ya no hay almadias que lleven a través de los ríos y hasta el Mediterráneo los espectaculares árboles para la Armada Española, ni se fabrican armas, ni la madera tiene el uso de otros tiempos. Hoy la explotación forestal se hace de manera ordena. Y pese a que sólo unas escasas hectáreas están protegidas, la masa forestal es espectacular. Sólo al valle de la Aezkoa pertenecen 700.000 hayas.

A la Selva del Irati se accede sólo desde dos puntos: Orbaiceta, en el valle de la Aezkoa y Ochagavia en el Vella de Salazar. Desde el primero la distancia son 11 kilómetros, y antes de llegar a la selva se encuentra el paraje conocido como La Fábrica, un curioso emplazamiento, en el que permanecen en píe los restos de una antigua Real Fábrica de Armas que, junto con las ruinas del viejo poblado, la iglesia y el palacio de inspiración ilustrada, está considerada una joya de la arqueología industrial del siglo XVIII. La historia de esta fábrica está unida a Carlos III. El agua, el hierro y la madera en abundancia animaron al rey constructor a instalar una fábrica de armas en un lugar a orillas del río Legarza a cambio de la cesión al Estado del monte llamado de la Cuestión, propiedad comunal del valle de Aezkoa. La fábrica llegó a producir 2.600 bombas anuales y, como un talismán, atrajo todas las guerras que sufrió España en el siglo XIX: la de la Convención, la de la Independencia, las Carlistas. Cerró en 1873 y el valle recuperó el monte la Cuestión en 1978.

Desde Ochagavia, Irati dista 23 kilómetros. Una carretera con una fuerte subida y llena de curvas atraviesa la Sierra Abodi, para desembocar en la ermita la Virgen de las Nieves. La sierra es dura, tierra de pastoreo y yerma de árboles, pero los últimos kilómetros son un premio para la vista. Transcurren ya entre abetos y hayas. Se vislumbra ya el espectáculo del manto verde, la frondosidad de esta maravillosa selva, el esplendor de las hojas transformadas en colores.”

Casas rurales en Navarra

Recommended Posts

Leave a Comment

Start typing and press Enter to search